Hoy en "Lo mejor de nuestra casa" Don Juan y el ritual de la luz
Cada mañana, cuando la biblioteca aún bosteza y el día empieza a desperezarse entre los cristales, Don Juan cruza la puerta como quien entra en su casa.
No hace ruido. No lo necesita.
Su presencia es de esas que no se imponen, pero se quedan.
Saluda una por una. Siempre.
Como si cada persona fuese importante —porque para él, lo es—.
Y lo hace con esa sonrisa limpia que nace en los ojos, esa que no se compra ni se finge. Esa que duele un poco más cuando sabes que, hace poco, la vida le quitó lo que más quería.
Se sienta en su sillón, despliega el periódico con una delicadeza casi ceremonial y comienza su ritual.
El mundo cabe en esas páginas.
Y él lo lee despacio, como quien conversa con el tiempo.
A veces llega con sus hijas, que lo miran como se mira a los árboles grandes: con respeto y con amor. Otras veces viene acompañado de una cuidadora. Pero siempre viene él. Con su dignidad intacta. Con su elegancia discreta. Con su sonrisa puesta.
En la hemeroteca, entre titulares y silencios, Don Juan nos recuerda algo sencillo y enorme:
que lo mejor de nuestra casa no son las paredes, ni los libros, ni las mesas…
son las personas que la habitan con bondad.
Lo mejor de nuestra casa es esa fuerza tranquila que sigue adelante.
Esa costumbre de saludar aunque el corazón pese.
Esa manera de elegir la luz, incluso en los días nublados.
Don Juan no solo viene a leer el periódico.
Viene a enseñarnos, sin decirlo, que la vida continúa… y que se puede caminar por ella con una sonrisa suave y valiente.
Y nosotros, cada mañana, tenemos la suerte de recibirlo.


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